domingo, 28 de junio de 2009

EBRO 1938. Las ciudades (Angüés)


Por Rubén García Cebollero


La foto es de la iglesia de Angüés, villa del somontano oscense, de la que es natal el personaje de Roque Esparza, uno de los pontoneros republicanos en el Ebro, y por la que pasaron las tropas de Líster en el 37.



Quiero agradecer aquí la obra de José María Ferrer Salillas, y de María Ángeles Albió Zamora, "Angüés (historia, vida y costumbres de una villa del Somontano oscense), publicada en la Colección Cosas Nuestras, 21, y editada por el Instituto de Estudios Altoaragoneses (Diputación de Huesca) en 1998.


En el primer capítulo de EBRO 1938 uno sabe que Angüés huele a tierra seca, a grillo, a sudor y rastrojo de polvorientos caminos, vides y trigales. Pero también da la fuerza a pontoneros como Roque de los que aún hoy en día se canta:


Aunque me tiren el puente
y también la pasarela
me verás cruzar el ebro
en un barquito de vela.
Cien mil veces que los tiren
cien mil veces los haremos
tenemos cabeza dura
los del cuerpo de ingenieros.


Cerca de Angüés está el río Alcanadre, que nada tiene que ver con la abundancia del Ebro, pero cuyo puente colgado fue quemado, en la carretera que lleva a Barbastro, para que no llegaran al pueblo los republicanos. La onceava brigada de Líster, en agosto del treinta y siete, llegó y lo ocupó por las armas. Roque se marchó con ellos.


No muy lejos de Angüés está Peraltilla, de donde era el señor Jesús Lacoma Langlara quien había sido compañero de los de la 130 de la 43, en su batallón 520, y en la bolsa de Bielsa se pasó a los nacionales. Peraltilla, su pueblo, ya estaba en la otra zona. Pasó de bailar en Abizanda con las mozas del lugar a hacer trincheras en Boltaña y verse expulsado a Francia, y de allí a Villarobledo de Santander. Los nacionales lo enviaron al Ebro y lo que tomaban de día lo perdían de noche, sin descanso. Dormían de dos en dos, espalda contra espalda y con dos mantas, la de arriba chupida de humedad. Había uno de Rodellar llamado Modesto Nasarre que le dio por muerto al escribir a casa, y un poco más y el padre Marcelino en Peraltilla hasta le hace una misa. Luchó por dos duros diarios viendo morir a la gente como conejos.
Casi la misma tierra. Casi dos hombres distintos.


El mismo sol de Angüés que lucía en el Ebro.


Y Roque Esparza estira de la soga, junto al resto de pontoneros, y recuerda pajares y mozas, cansancios y placeres, de los que ahora sólo quedan rescoldos en la memoria.


La de quienes sabemos que hay quien nunca se rinde.

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